ATONÍA Y REESTRUCTURACIÓN

Alcanzado el periodo de expansión decimonónico, con prolongación en las primeras decenas del siglo XX, Alaejos inicia su última andadura por un sendero de paulatino declive. Recordemos, y comparemos con otras épocas, los 1.986 habitantes de la actualidad para hacernos una idea de dónde nos encontramos. La emigración, todo un síntoma de una localidad que no puede mantener a sus hijos, ha sido una constante a lo largo del siglo XX. Permanecen aún en el recuerdo de nuestros mayores la emigración a América y, cómo no, las más cercanas, en la memoria de todos, hacia el País Vasco, Madrid, Cataluña, norte de Europa... y Valladolid.
Indagar y desentrañar las causas que explican un fenómeno tan complejo sería extendernos demasiado, pero sí señalaremos, para evitar errores, la falta de semejanza con la decadencia del siglo XVII. Son causas bien distintas, cuyas raíces podemos encontrarlas en la atonía del campo alaejeño, especializado en la producción cerealera, que ofertaba abundante trabajo manual pero que entorpecía la mecanización, por eso la emigración se hizo tan necesaria como dolorosa. Fue preciso que unos saliesen en busca de nuevos horizontes para que los otros, los que quedaron, mecanizasen las explotaciones. Mas faltaron iniciativas, visiones nuevas que sacasen de la monotonía al campo castellano, y en concreto al nuestro, todo quedó en un principio en la «tractorización», enseguida acompañada de otros inventos: cosechadora, etc. El círculo se cerraba: se incrementaban las máquinas y no se cambiaban los cultivos ni los sistemas de explotación con lo que cada vez sobraban más jornaleros.
Por otro lado, la concentración parcelaria y el regadío, que podían haber frenado la emigración además de haber traído un plausible cambio estructural para todo el pueblo, aprovechándose del «boom» remolachero, llegaron tarde. Y, no obstante, han servido para paralizar, momentáneamente, el declive, porque mucho nos tememos que, si no siguen intensificándose las explotaciones que aún continúan con cultivos de «año y vez», más las sin duda nuevas máquinas que harán acto de presencia en el futuro, todavía sobrarán más personas.
En el marco de las actuaciones positivas, aunque pecando de los mismos defectos de falta de reestructuración, no conviene olvidar los diversos talleres y fábricas, telares, alfareros, tejares..., herencia unos de años precedentes, modernos otros. Entre todos destacó «La Fundición», la fábrica de aventadoras, arados y utensilios diversos de fundición, instalada en 1857, en sus mejores momentos empleó a varias decenas de trabajadores paliando el paro y la emigración.
En otro orden de cosas, bien dispar por cierto, merecen señalarse la construcción de las dos Escuelas Públicas durante la II República, y la participación y muertes, por ambos bandos, de hijos del pueblo en la última-hacemos votos porque sea así- contienda nacional.


JOSÉ OJEDA NIETO