Pasada la crisis, un siglo más o menos,
se inicia una etapa estable, de mantenimiento, pero de grandes transformaciones
económicas cuyos frutos se recogerán años después,
dan lugar a una prosperidad de nuevo cuño. El proceso demográfico
de estas dos centurias, siglos XVIII y XIX aproximadamente, da constancia
de lo dicho: el primero osciló, igual que su precedente, entre los
500 y 600 vecinos (1751 con 2.000 almas, 1752 con 538 vecinos y 1787 con
2.697 habitantes, según sus censos respectivos), mas llegadas las
mejoras la poblacion inicio un ascenso que la aproximó a la del
siglo XVI (1818 con 617 vecinos, 1845 con 3.255 habitantes, de los que
672 son propietarios, 6 abogados, 3 escribanos, 3 procuradores, 2 boticarios,
4 maestros, 5 comerciantes, 29 fabricantes de paños... 62 artesanos,
14 eclesiásticos, 276 jornaleros y 56 mendigos). Arribar a este
incremento no fue nada fácil pues las epidemias y pestes, si menos
frecuentes y mejor combatidas, eran igual de mortales cuando azotaban,
y alguna, como el cólera morbo de 1834, bastante escalofriante y
de triste recuerdo.
Precisamente, una de las medidas de salubridad
recibió un empuje a costa de la epidemia: desde 1787 se tenía
la Real Cédula de Carlos III proponiendo sacar los enterramientos
fuera de las iglesias y poblaciones, se había hecho caso omiso,
pero en 1834 se hizo perentorio.
Para salir del estancamiento se llevaron a cabo
diversas reformas, principalmente agrícolas. Eran más que
necesarias porque el viñedo había perdido su atractivo. Enfrentados
al dilema del vino, sin salida en los mercados, o cereales, sobre todo
panificables, se decantaron por estos últimos, y poco a poco la
producción del primero decayó (de los 20.000 Hl. anuales
en el siglo XVII, Gómez de la Torre da la cifra de 95.000 en un
año excelente, a los 7.000 Hl. a mediados del siglo XVIII y 3.500
en 1796, y seguirá aún reduciéndose). El trigo se
convertirá en el cereal por excelencia en el siglo de la Ilustración,
cederá poco a poco, no obstante, su puesto en favor de la cebada
(en 1751 la producción de trigo fue de 20.791 fanegas y la de cebada
16.386, pero ya en 1791 la de trigo es 21.253 y la de cebada 21.313 f.)
Pero hubo otras transformaciones que ayudaron: la anexión del término
de Valdefuentes, excepto la Cuadrada, al otro lado del Trabancos, que quedó
para Nava del Rey; las roturaciones, en 1798, de terrenos baldíos
y del monte (1.200 y 800 fanegas respectivamente); incluso, por qué
no, las mejoras agrícolas, producidas unas por el traspaso a la
propiedad privada de 1.050 ha. en las desamortizaciones de Mendizábal
y Madoz, entre 1836 y
1868 (295 y 765 ha. en cada una de ellas) y otras
por la introducción de nuevas simientes (trigo mocho o chamorro),
aperos y maquinaria.
De todos modos, las mejoras no llegaron sólo
por el lado agropecuario, aunque qué duda cabe fueron las más
importantes. También la fundación, en 1785, de la Real Sociedad
Económica de Amigos del País dio su empuje al crear bajo
su patrocinio, más tarde libres, unos talleres de paños,
esteras y velas. Los primeros adquirieron fama local y comarcal durante
el siglo XIX, llegando a tejerse paños con el timbre de «Real
Fábrica de Alaejos». No olvidemos la importante cabaña
ganadera (unas 7.000 ovejas en esta época), sin la cual diffcilmente
podrían haberse desarrollado estos talleres. La labor de esta institución
abarcó también aspectos sociales, interesándose por
la educación de las niñas, el estado del hospital, por la
situación de los mendigos, etc. Su implantación, la 2ª
de la provincia después de la de Valladolid, puede tener alguna
relación con las hijas o yernos de Campomanes, dos de ellas vivían
entonces en Alaejos.
Aunque de un modo indirecto para los alaejeños,
los siglos XVIII y XIX proliferaron en acontecimientos político-administrativos.
Claro está que no siempre participaron gustosos de ellos, y de muchos,
por no decir de todos, fueron más espectadores que otra cosa. Así,
en 1768 se los integra en la provincia de Toro, separándolos de
la de Segovia, para en 1833, apartarlos de Toro e inscribirlos en la de
Valladolid. O como en 1840, en que Alaejos es declarado cabeza de partido
y a los 4 año éste es devuelto a Nava del Rey.
Con cara de asombro recibirían la llegada
de Felipe V en 1704. El rey llegó, durmió en casa de don
Diego Bereterra, mientras su ejército acampaba en los prados de
Siete Iglesias, y después de oir misa de labios de su capellán
marchó a enfrentarse a sus enemigos en Villaviciosa. No menor extrañeza
mostrarían sus rostros en 1808, cuando Sir John Moore estableció
su cuartel general por un día, 14 de diciembre, en Alaejos. Unos
campesinos interceptaron un correo francés y gracias a ello Sir
John se enteró de las posiciones enemigas cambiando su rumbo hacia
Toro en vez de dingirse a Valladolid. Los años sucesivos trajeron
a los franceses y sus imposiciones, no es de extrañar que algunos
vecinos se uniesen a la partida del salmantino don Julian Sánchez
y que muriesen algunos en un enfrentamiento según cuentan los cronistas,
cerca del pueblo. Por si no tuvieran bastante con estas experiencias, en
1848, el partido carlista encontró y reclutó varios partidarios
entre los vecinos.
Por último, y como dato curioso, señalemos
el desmoronamiento del castillo en estos siglos. En 1714 el concejo dio
cuenta de la grave situación y, mucho más explícito,
en 1739 aclaró: «... se alía ttan derrottado que estta
ynavitable y solo ttiene las paredes y algunas rrexas y las Puerttas de
yerro de la entrada y las de donde servian de carcel».