PROTOHISTORIA

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Los celtas La cultura castreña Los astures Carballeda

Sí alguien me preguntara por algo interesante que tuviera el pueblo de mi padre, sin duda contestaría que La Peña del Caballo. Desde niño me ha parecido tremendamente enigmática aquella peña en el monte que, situada en privilegiado lugar, domina visualmente La Carballeda. El lugar tiene ese halo mágico que se percibe al visitar muchos pueblos abandonados. Se sienten la vida y la muerte. La vida de quienes en el lugar hicieron la suya, y la muerte, que en el propio estado del pueblo está presente. Ésta misma es la sensación que yo he sentido allí en la altura.

La importancia que a lo largo de los siglos ha tenido el lugar para otros hombres parece indudable. Alguien ha empleado su tiempo en tallar sobre la peña una especie de herradura acompañada por varios huecos cóncavos. Además, y suspendida en el vacío, entre dos peñas, parece que alguien ha dispuesto una roca como si del badajo de una campana se tratara.

Tal vez sea verdad que fue Santiago, y gracias al impulso que tomó su caballo al aliviarse de la tremenda aerofagia que debía sufrir,  quién desde allí saltó hasta la fuente que llaman Fuente Grande dejando sobre la piedra las marcas que todavía hoy podemos ver. A juzgar por la distancia recorrida en el salto, no cabe duda sobre la magnitud del pedo, aunque si sobre la veracidad de la leyenda.

Quizás sea cierto que aplicando la oreja sobre la roca suspendida entre dos peñas, se oyen las campanas de los moros, que vienen en son de guerra. La verdad es que yo no lo he comprobado, más que nada, por temor al coscorrón de rigor.

No muy lejos de allí, en el lugar llamado Los Corralones, encontramos otro lugar lleno de leyenda. Yo no he tenido ocasión de verlo, pero por lo que me han contado, se trata de un montón de piedras que parecen haber sido parte de una pared dispuesta en forma circular. También estas piedras tienen su sentido en el saber popular. Fueron hogar de moros, y bajo los escombros deben permanecer escondidos grandes tesoros y un intrincado laberinto de túneles que bajan hasta el mismo pueblo.

Pero dejando a un lado las leyendas, transmitidas boca a boca a través de muchas generaciones, y a pesar de su indudable encanto, podemos sin duda afirmar que los que allí habitaron y labraron las piedras, no provenían del sur.

Por contra, podemos afirmar que se trata de uno más de los típicos castros que abundan por todo el noroeste peninsular, y cuyo origen debemos atribuir a  culturas de tipo céltico. También a ellos debemos las enigmáticas marcas sobre La Peña del Caballo.