El trauma de la Expresividad

Beatriz Lumbreras Díaz


 

Lejos de toda intención de manifestar intolerancia hacia la que para mí ha supuesto una "vocación" congénita, el arte, en la actualidad tanto pasiva como productivamente, goza de la facultad de sumirme en el desconcierto de mis tendencias. La desconfianza en la ambigüedad de mis conocimientos artísticos, junto con una desagradable sensación de traición hacia mi "gremio", ha potenciado durante estos últimos años de aprendizaje y práctica artísticas la dificultad de posicionarme en una actitud preclara ante los problemas que me iban surgiendo. A estas cuestiones y conflictos deseo referirme en el presente escrito. No sólo me mueven egoístas intereses terapéuticos de índole particular, sino que también deseo aportar puntos de referencia para una revisión que creo necesaria en la actual coyuntura artista-espectador.

 

Hace tiempo que la comunicación entre artista y público se redujo a una relación elitista que implicaba únicamente a una minoría social especializada. Este hecho relegó al resto a una emoción estética sin base comprensiva, la cual no podía estar sustentada por los fundamentos plásticos y creativos de la propia obra sino por un arbitrario -"Me gusta", - "No me gusta". El receptor como masa, no sólo asumió su "ignorancia" artística sin cuestionar la veracidad de los criterios utilizados para su exclusión, sino que a su vez la transformó en virtud; desprestigiando y considerando una estafa todo lo que escapaba a su comprensión o sentido inmediato de la dificultad.

 

En el pasado y desde la perspectiva del profano confiaba en el arte como lenguaje plástico con alcance expresivo de pretensiones comunicativas, cuya dificultad residía en su habilidad para superar los niveles conceptual, descriptivo o simbólico. Hoy por hoy y tras realizar los estudios universitarios en Bellas Artes, creo que es estrictamente necesario, que la intencionalidad expresiva pase de ser una suposición social indiscutible a una realidad patente. Tanto para comunicar con la masa como con la élite, el arte debe ser expresivo, contener los referentes mínimos u esenciales para poder ser comunicativo en el plano para el cual esté proyectado.

 

¿Por qué hago semejante afirmación, tan evidente a primera vista?

Hoy el artista se reduce a su código personal. El problema radica en que el lenguaje privado no existe, ya que carece de referentes. Es contradictorio referir el arte tan solo a uno mismo. El sistema didáctico actual, heredero del rencor hacia la norma procedente del espectro del academicismo, tiende a educar en el sentimiento liberador de lo creativo como primacía de todo acto artístico, ahuyentando toda imposición que no sea la coherencia plástica, pero sin enseñar los conocimientos necesarios para que esta última se produzca. Ante esta carencia referencial a la hora de ejecutar la obra, el artista sólo puede encontrar atisbos de coherencia dentro de sí mismo, y su obra sólo puede ser explicada desde su propio relato.

En un arte en el que la pluralidad de medios y la diversidad de las influencias plasmadas en las obras escapan a priori al entendimiento de los receptores, por su propia multiplicidad y autoreferencialidad, nutrimos el concepto de sensación estética básicamente a través de eruditos seguimientos biográfico-documentales del artista o de su obra. La decepción reside en que los textos artísticos se acercan más a discursos esotéricos que a documentos susceptibles de análisis especializados. Lo cual deja sin guías prácticas para las nuevas generaciones de artistas.

 

Sinceramente con este honesto intento de reflexión, doloroso dada mi pasión por el arte contemporáneo, pretendo de alguna forma proponer al artista como productor un mayor compromiso con la expresión como nueva norma y alfabeto, obviando en la medida de lo posible el presente academicismo de vanguardia, de por sí contradictorio, no como revolución sino como superación.

 

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Beatriz Lumbreras es Licenciada en Bellas Artes, en la UPV de Bilbao. Además compatibiliza sus estudios artísticos con la carrera musical, habiendo finalizado el Grado Medio de Clarinete.