El Dios Científico
(Jesús Gurruchaga Ríos)
 
Desde los tiempos más remotos, el hombre ha tratado de explicar lo inexplicable, de dar sentido a los sucesos que ocurrían en la naturaleza y por los que se veía rodeado. Esta mecánica ha sido común, en mayor o menor medida, a todas las etapas de la humanidad. 

En un principio debió de ser el intento de aplicar una lógica sencilla que justifique hechos simples y observables de la vida cotidiana. Las limitaciones eran claras, no se podía dar explicación más que a una ínfima parte de los hechos que nos rodeaban. Más tarde, la dinámica de observación-explicación fue haciéndose más compleja (responsable de esto probablemente fuera la satisfacción obtenida por la consecución de conclusiones aceptables, lo cual es el motor de la evolución de la razón humana). Sin duda, los clásicos griegos fueron los que dieron el impulso definitivo dando forma y aportaciones inestimables a ésta dinámica. Ellos fueron los artífices del primer intento serio de justificar en su práctica totalidad todo lo justificable, de dar un sentido a los comportamientos de la naturaleza que les rodeaban y de razonarlos con ayuda de las herramientas de las que disponían, que no son otras que las diferentes ramas de la ciencia recién nacida. Nadie podrá decir que lo hicieron mal. 

Claro está que también se encontraron ciertas limitaciones, ciertos puntos que no podían explicar, pero en su embriaguez de raciocinio no se detuvieron ahí, siguieron justificando y razonando ante lo desconocido estableciendo conexiones entre la razón y la mitología a veces, y otras entre la razón y geniales apuntes, explicados de forma abstracta, que más tarde encontrarían su base científica. 

Paralelamente al avance de la ciencia y de la tecnología las conexiones con la mitología y las diferentes religiones también tuvieron su particular evolución. En el paso de pensar que nuestro plano planeta era el centro del universo a conocer con detalle la estructura del sistema solar se mantuvo constante la máxima de la existencia de un ente superior que pudiera dar explicación más allá de donde se había llegado. En cualquiera de los campos objeto de estudio, la presencia de un oportuno "Dios" era resolutiva cuando las explicaciones racionales se agotaban. 

El espectacular avance científico-tecnológico del siglo XX ha sido tan increíblemente apabullante que ha hecho que este tipo de conexiones queden relegadas a un segundo plano, desplazadas, aunque no sustituidas, por las impresionantes explicaciones científicas objeto del interés general. Aunque la necesidad de la existencia del ente superior para la explicación a  

 

partir de ciertos niveles sigue siendo patente, nos hemos acercado tanto que muchos empiezan a creer en la ciencia como nueva religión de sencillo profesamiento. Atrás quedó el Dios que creaba la tierra, los animales y al hombre. El Dios de Adán y Eva y de la semana de seis días laborables ha sido sustituido por un Dios más profundo, más complejo en sus funciones: ¿Creador del Universo? ¿De dar a la naturaleza ese orden tan increíblemente perfecto que hoy ya conocemos? ¿De que cinco aminoácidos se encontraran un día y se organizaran para formar la inquietante molécula de ADN?. 

Lo importante es que ese Dios sigue ahí para muchos, incluso para la mayor parte de los científicos. Aunque "retocado" en funciones no ha perdido un ápice de importancia. 

Los caminos que sigue la imparable ciencia para, de alguna forma, derrotar al ente superior han dado un giro radical en los últimos años. De estudiar profundamente macrosistemas como el universo en su globalidad para, mediante el más amplio conocimiento de los mismos, intentar ganar la batalla, se ha pasado al estudio de los microsistemas, como el átomo, abriendo así una nueva puerta para la evolución científica. Esto solo se ha podido hacer ahora gracias a la disponibilidad de tecnología punta, herramienta indispensable para el estudio de estos microsistemas. 

Aunque pueda parecer en primera instancia absurdo, el estudio del comportamiento físico-energético de las partículas subatómicas puede llevarnos a conclusiones muy interesantes. De ahí el desarrollo de la física y química cuánticas que, en un principio, buscaron la explicación de todas las leyes clásicas a partir de la extrapolación estadística de datos obtenidos de las partículas subatómicas, para más tarde intentar llegar más allá, con su nueva óptica, que las ciencias tradicionales. 

El enigma está planteado: ¿Llegarán las ciencias a sustituir a la religión tradicional, a justificar la existencia de Dios, o nunca lo conseguirán debido a que sus límites están marcados por la "verdadera" existencia de Dios?. 

A priori la segunda opción siempre gana pero ya son muchos los que creen firmemente en la primera. 

 

 

E-M@il: Jesus

Polemist@s

SUMARIO